Por : Jeduar N. Reyes
En política, pocas decisiones son casuales. Detrás de cada mecanismo, de cada fórmula organizativa, existe una lógica, una necesidad o, en muchos casos, una estrategia de supervivencia. El consenso, en la vida interna de los partidos, no escapa a esta realidad. Antes de juzgarlo, es necesario entenderlo.
En el caso del Partido Revolucionario Moderno (PRM), la apelación al consenso no surge en el vacío. Es el resultado de una combinación de factores históricos, políticos y estructurales que han moldeado su comportamiento desde su fundación hasta su llegada al poder.
El PRM nace como una ruptura. Surge de una crisis interna en otra organización, impulsado por la necesidad de renovar prácticas, liderazgos y formas de hacer política. Desde su origen, se configuró como un partido amplio, diverso, con múltiples corrientes internas que convergían bajo un mismo objetivo: alcanzar el poder.
Y lo logró.
Pero el acceso al poder, lejos de resolver las tensiones internas, las transforma. Un partido en la oposición puede permitirse mayores niveles de confrontación interna; un partido de gobierno, en cambio, enfrenta un dilema distinto: cómo mantener la cohesión sin fracturarse, cómo administrar el poder sin que las diferencias lo desborden.
Es en ese punto donde aparece el consenso como herramienta.
El consenso, en este contexto, busca reducir el ruido. Evitar que las disputas internas se conviertan en crisis públicas. Limitar las confrontaciones que puedan proyectar una imagen de división en un partido que, por su condición de oficialista, necesita transmitir estabilidad.
No se trata solo de una cuestión estética. En sistemas políticos como el dominicano, la percepción de unidad en el partido de gobierno tiene implicaciones directas en la gobernabilidad. Un partido fracturado debilita al gobierno; un partido cohesionado lo sostiene.
Por eso, la dirigencia tiende a privilegiar acuerdos internos antes que procesos competitivos abiertos. Porque las elecciones internas, aunque democráticas, también son escenarios de confrontación. Generan ganadores y perdedores. Dejan heridas. Y en un partido que administra el poder, esas heridas pueden traducirse en conflictos de gobernabilidad.
A esto se suma otro elemento: la proliferación de aspiraciones.
El crecimiento acelerado del PRM, especialmente tras su llegada al poder, ha traído consigo una avalancha de dirigentes y aspirantes a posiciones internas. Muchos con méritos, otros impulsados más por la oportunidad que por el liderazgo real. En ese escenario, permitir una competencia abierta sin control puede derivar en fragmentación.
El consenso, entonces, aparece como un mecanismo de contención. Una forma de ordenar el tablero, de filtrar aspiraciones, de distribuir espacios de poder sin someter todo al escrutinio de una competencia interna masiva.
Pero hay una realidad que no puede ignorarse: ese consenso no se construye desde las bases. Se construye desde las cúpulas.
Se sientan a la mesa quienes tienen capacidad de negociación: los líderes consolidados, los grupos de poder, las corrientes internas con peso específico. Las bases, en cambio, quedan representadas, pero no presentes. Su voz es interpretada, no ejercida directamente. Y ahí radica la contradicción.
Porque si bien el consenso responde a una lógica de estabilidad y control político, también implica una renuncia parcial al ejercicio democrático pleno dentro del partido. Es una decisión consciente: privilegiar la cohesión sobre la participación, el orden sobre la competencia, la unidad sobre el conflicto.
Los principales dirigentes del Partido Revolucionario Moderno lo saben. Saben que el consenso puede atrofiar el músculo democrático del partido. Saben que limita la capacidad de las bases para elegir a sus dirigentes. Pero también saben que, en el corto plazo, reduce riesgos. Y la política, muchas veces, se mueve en esa tensión: entre lo ideal y lo posible.
El consenso, en este sentido, no es un accidente ni una improvisación. Es una decisión estratégica. Una respuesta a las presiones del poder, a la necesidad de estabilidad y al temor de que la competencia interna desborde los límites de la unidad.
La pregunta, sin embargo, no es por qué surge el consenso. Esa respuesta parece clara.
La verdadera pregunta es hasta qué punto ese consenso puede sostenerse sin debilitar la esencia democrática del partido.
Pero esa ya es otra discusión.








