En la historia, en la política y hasta en la vida cotidiana, siempre hay quienes cargan con el estigma de ser los “odiados”. Algunos lo buscan, otros lo reciben sin querer, pero todos comparten una misma condición: convertirse en espejos de lo que una sociedad teme, rechaza o necesita expulsar.
Una necesidad psicológica
Desde la psicología, algunos especialistas explican que ciertas personas parecen provocar el odio de los demás como una manera de afirmarse. Se trata de individuos que encuentran en la hostilidad externa la confirmación de sus propias heridas internas. Como si el rechazo ajeno validara una narrativa de victimización o de autoafirmación extrema. En casos más complejos, ese papel de “odiado” puede estar ligado a trastornos de la personalidad donde el conflicto constante se convierte en la única forma de relación con los demás.
Ejemplo histórico: El emperador romano Nerón es recordado no solo por su extravagancia, sino también por actos que lo convirtieron en objeto de odio generalizado: la persecución de cristianos, la sospecha de haber incendiado Roma y su gobierno despótico. Aun así, algunos historiadores creen que él mismo alimentaba esa imagen de villano como parte de su manera de sostener el poder.
El odio como estrategia social
La sociedad también construye sus propios “odiados”. Líderes políticos, voces disidentes o minorías convertidas en chivos expiatorios terminan cargando con la rabia colectiva. El odio que reciben cumple una función: refuerza la cohesión del resto, da un enemigo visible y ofrece una válvula de escape a tensiones que, de otra manera, se dirigirían hacia adentro del propio grupo. En este sentido, quienes son odiados no siempre son víctimas pasivas; a veces entienden esa dinámica y la utilizan como plataforma de resistencia o incluso de poder.
Ejemplo histórico: Durante el nazismo, los judíos en Alemania fueron convertidos en el blanco principal del odio. El régimen de Hitler construyó un relato donde los culpaba de todos los males: desde crisis económicas hasta supuestas conspiraciones globales. Ese odio fabricado se convirtió en un mecanismo de cohesión social y política que terminó en el Holocausto.
El trasfondo filosófico
En la tradición filosófica, pensadores como Nietzsche o Sartre ya advertían que desafiar lo establecido trae consigo rechazo. Quien se atreve a cuestionar las certezas del colectivo se arriesga inevitablemente a ser señalado. El odio, entonces, se vuelve un síntoma de la incomodidad que genera lo nuevo, lo disruptivo, lo que amenaza la comodidad de lo ya conocido.
Ejemplo histórico: Sócrates, en la Atenas clásica, fue condenado a muerte acusado de corromper a la juventud y desafiar a los dioses. Su pensamiento crítico y su manera de cuestionar la verdad establecida lo convirtieron en objeto de odio para los poderosos de su tiempo, aunque hoy sea considerado un pilar de la filosofía occidental.
Más allá del rechazo
Al final, los que necesitan ser odiados –por elección, por estrategia o por destino– se convierten en figuras indispensables en la narrativa humana. Nos obligan a preguntarnos: ¿odiamos a la persona o a lo que representa? ¿Es el individuo el verdadero blanco o es la idea que encarna?
Ejemplo contemporáneo: En tiempos recientes, personajes como Donald Trump o Julian Assange han demostrado que el odio puede ser también un escenario de lucha simbólica. Trump, odiado por amplios sectores que lo acusan de autoritario y populista, es al mismo tiempo admirado por millones que lo ven como defensor de “lo propio” frente al globalismo. Assange, fundador de WikiLeaks, se convirtió en enemigo público de gobiernos poderosos al exponer secretos oficiales, pero en héroe para quienes defienden la libertad de información. Ambos encarnan esa paradoja: odiados y venerados a la vez, reflejo de sociedades profundamente divididas.
Quizás, en el fondo, los odiados cumplen una función más profunda de lo que creemos: recordarnos que el odio, como la admiración, dice más de quienes lo sienten que de quienes lo reciben.









Napoleon Reyes
27 de agosto de 2025Muy interesante artículo.